sábado, 5 de mayo de 2012

Mitología Griega.

Ulises y las Sirenas, Escila y Caribdis

Ay, pobres griegos, pobre Ulises. Su odisea es un cúmulo de avatares, de transformaciones, de aparentes cambios de suerte como si no fuesen más que juguetes en manos de los dioses ( “¡Soy el juguete de la fortuna!” exclamará Romeo, la pluma de Shakespeare, mucho tiempo después).

Los habíamos dejado despidiéndose de Circe por segunda vez. La maga los pone sobre aviso: ahora navegaréis cerca del islote de las Sirenas, las mujeres-pájaros, cuidado con ellas. 


La treta de Ulises es conocida: tapona con cera las orejas de su tripulación pero él mismo no se resiste a descubrir, a saber, a conocer lo que cantan las sirenas en la misteriosa y seductora forma en que lo hacen. 

Así que se hace atar al mástil. Los héroes, en general, se definen por su audacia. El caso de Ulises, sin embargo, es paradigmático. El rey de Ítaca es el héroe astuto por antonomasia, y la suya es una inteligencia práctica. Ulises oye a las sirenas y busca desesperadamente liberarse. Será el único hombre que podrá presumir de haber escuchado aquella música venenosa y seguir vivo.

El barco, pues, deja atrás el peligroso tramo de aquellos terribles seres pero lo que encara a continuación no es menos delicado. Por un lado, las rocas o peñascos móviles, errantes. Cuando una nave pasa entre ellas se juntan y la convierten en papilla. 

Ulises, aconsejado por Circe, prefiere navegar entre Escila y Caribdis, lo que tampoco estaba exento de riesgos.

En Escila, un islote, hay un monstruo terrible, un espíritu femenino de seis cabezas que salen de sus vestiduras.



También está ahí Caribdis, una gruta submarina que siempre se muestra dispuesta a engullir a los barcos despistados. Ulises y los suyos pasan más cerca de Escila que de Caribdis y el resultado es que el monstruo se zampa a buena parte de la tripulación.

Rebasada esa horrenda región marina, los griegos arriban a una isla, Trinacria, que pertenece a Helios, al Sol. En la visita de Ulises al Hades, Tiresias le había hecho varias revelaciones. 


Una se refería precisamente a la isla del Sol: “allí no debes tocar en absoluto el magnífico rebaño de toros blancos de Helios ni a los delfines de Zeus. Son divinos, sagrados, intocables. Si los dejas en paz, podrás regresar a tu patria. Si los tocas, estás perdido”. 

El esposo de Penélope informa a sus marineros. Lo mejor, añade, sería que ni siquiera descendiésemos a la isla. Pero los hombres están exhaustos. Euríloco hace de portavoz: es necesario hacer una parada. Ulises transige, no sin antes advertirles: tomaremos únicamente las provisiones que nos dio Circe. Recordarlo!!



Así que la nave echa las amarras y los marineros bajan a la playa. Comen, duermen, descansan. Por la mañana (¿otra vez la pérfida fortuna?), se levanta un viento endemoniado. Imposible partir. Pero se suceden los días y el viento no amaina. Las provisiones se acaban. Como un fantasma siniestro surge el hambre. 


El hambre es un demonio difícil de vencer, aunque allí está Ulises para mantenerlo a raya. Sin embargo, oh fatalidad, Ulises se separa del grupo, pensando, buscando una solución. Caminando llega a la cumbre más alta de la isla y.., se queda dormido.

Ahora sí, ahora el hambre se desboca. Otra vez Euríloco exclama ante sus compañeros: ¿habremos de dejarnos morir con los brazos cruzados?  ¡Mirad que prodigiosos animales, cuánta carne! Los griegos, locos, dominados por el hambre, sacrifican varios delfines, los cuecen y se los comen.
Ulises despierta. Tal vez es el olor mismo que le llega lo que hace que se despierte. Un olor a carne cocida, a grasa quemada. 


Comprende de golpe y grita, se queja ante los dioses haciéndolos responsable de su sueño: “que no era, como pensaba, un dulce sueño sino un sueño de olvido y muerte”. Un engaño, para que la tripulación pudiese cometer el sacrilegio. 

¿No os imagináis lo que está punto de sucederle a los infelices? La ira dei, la ira de dios, de un dios como Helios o como el propio Zeus.

Los griegos han confundido lo que se puede sacrificar con lo que no, lo sagrado con lo profano, lo que es pertenencia del hombre con lo que es posesión de la divinidad. Que Zeus los coja confesados… 
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